Hoy en día, cualquier bodega que se disponga a sacar a la venta una marca de vino asumirá el embotellado y etiquetado como algo ineludible. Además, cada vez mas productores entienden que el diseño de la etiqueta de vino será un factor determinante a la hora de posicionarlo en el mercado, aportando valor y transmitiendo la información que el consumidor espera a la hora de decantarse por una u otra marca.

Pero esto que todos tenemos tan asumido y naturalizado hoy, no siempre fue así, por eso en esta serie de entradas sobre la historia de las etiquetas de vino y su diseño, trataremos de conocer mejor como se ha ido desarrollando hasta llegar al punto en el que nos encontramos. En esta primera parte, profundizaremos en el packaging empleado antes de la aparición del embotellado y de las etiquetas de papel.

Texto extraído y traducido del libro, ‘The Art of the Wine Label’ de Robert Joseph:

Las etiquetas de vino son algo así como pasaportes, documentos descriptivos sin los cuales es difícil llegar lejos y, al igual que los pasaportes, algo de reciente invención.
Hasta hace unos 200 años, los hombres atravesaban fronteras como soldados o raramente las cruzaban y aquellos que tenían los medios y la libertad de hacerlo no necesitaban documentos oficiales que les acreditaran. Lo mismo podría decirse del vino, excepcionalmente era transportado en barriles, pero normalmente permanecía en la región en que había sido producido. Además, era servido directamente del barril a la jarras, así que ¿qué necesidad había de etiquetar botellas?

Las etiquetas de vino son algo así como pasaportes, documentos descriptivos sin los cuales es difícil llegar lejos y, al igual que los pasaportes, algo de reciente invención.
Hasta hace unos 200 años, los hombres atravesaban fronteras como soldados o raramente las cruzaban y aquellos que tenían los medios y la libertad de hacerlo no necesitaban documentos oficiales que les acreditaran. Lo mismo podría decirse del vino, excepcionalmente era transportado en barriles, pero normalmente permanecía en la región en que había sido producido. Además, era servido directamente del barril a la jarras, así que ¿qué necesidad había de etiquetar botellas?

Curiosamente, hace varios miles de años ya se empleó una forma de etiquetado (siempre y cuando entendamos la palabra “etiqueta” de una manera bastante flexible). La “etiqueta” más antigua que se ha podido autentificar data de hace 6.000 años y se trata de un cilindro con el que los babilonios marcaban las ánforas de vino. De manera no muy diferente de algunos anuncios de vino de hoy, mostraba a un grupo de personas con un aspecto alegre que se ponían cada vez más alegres con la ayuda de un matraz o dos de jugo de uva fermentado.

Otros cilindros y tablillas del mismo periodo prueban el gran entendimiento que los egipcios tenían de la producción de vino y cerveza y la forma en que comercializaban las ánforas. Por desgracia, ninguna de estas ánforas ha sobrevivido hasta nuestros días y tendremos que esperar hasta la llegada de griegos y romanos (que imprimían en sus ánforas el nombre del vino y del cónsul bajo cuyo mandato había sido producido) para hallar la confirmación de que la identidad de un vino era tan importante como su sabor.

Hasta el siglo XX el vino raramente llegaba a la mesa en botellas, normalmente lo hacía en jarras que se llenaban directamente del barril y, ya fuera néctar o vinagre, su nombre no tenia importancia. A pesar de que los barriles podían tener marcas de identificación, el nombre de un vino solía hacer referencia al lugar donde había sido comprado, en lugar de a la ubicación del viñedo con el que se había producido el vino.

El “gran vino negro” de Cahors, por ejemplo, era enviado desde Burdeos, y por eso se conocía como Burdeos, aunque los dos vinos tienen poco en común. Al fin y al cabo sería muy raro que un bebedor de vino del siglo XVII mirara con curiosidad su jarra y dijera “ciertamente, no es un Burdeos lo que tengo ante mí, sino un Cahors”.

Jarras de vino

En la Edad Media, y particularmente en Europa, el vino solía servirse en jarras de barro de dos formas: unas altas y huevadas, quizá un eco de las botas de piel de la época, y otras  mas anchas y achatadas, decoradas con patrones de celosía. Entre los siglos XIII y XVI, la producción de estas jarras fue mejorando con el uso de esmaltes de mayor calidad, pero aún así, aún no indicaban el nombre del vino que contenían.

Este anonimato no es especialmente sorprendente: El nombre del vino era de tan poco interés para los consumidores como lo era el de la cerveza que compartía mesa con él. Además, las jarras se rellenaban desde el barril a una velocidad tal, que había pocas garantías de que el vino del lunes fuera el mismo que el del viernes. A su manera, las jarras serían más el predecesor de los actuales decantadores, que de las botellas de vino tal y como las conocemos hoy.

A medida que los estilos decorativos se volvieron más elaborados bajo la influencia de la cerámica turca, la porcelana china y los cristales venecianos, las caligrafías se volvieron a la vez más y menos posibles: si alguien quería anotar el nombre del vino en una jarra podía hacerlo, pero debido a las decoraciones, cada vez quedaba menos espacio libre.

Durante un tiempo se pensó que estas jarras eran los precursores de la botella moderna y que se usaban para almacenar vino en las bodegas del siglo XVII: pero como explica NM Penzer en su “Book of the Wine Label“, esta teoría no tiene ningún sentido, ya que producir las jarras resultaría por un lado demasiado caro y además eran pequeñas para tal uso. En su opinión, fueron un paso más hacia el decantador: “vasijas utilizadas en hogares privados acomodados para la presentación de sus vinos”.

Etiquetas de plata

Datadas de los siglos XVIII y XIX, estas etiquetas fueron muy utilizadas en Inglaterra, permitían a los gentelman presentar a sus invitados dos o mas decantadores, cada uno luciendo un lujoso identificador. La precisión de estos identificadores a menudo dejaba mucho que desear. Como indica Penzrs, los errores ocurrían a veces “en el país de origen, debido a una transcripción errónea del nombre, que solo había sido escuchado de oídas y nunca se había visto escrito o al hecho de que el cliente pudo haber dado la orden de grabado desde el extranjero durante sus viajes… y uno puede imaginar los errores que pueden surgir de unas palabras desconocidas tomadas a vuelapluma”.

Se debió realizar un esfuerzo considerable en grabar Popt (seguramente para un Port), Champang y Champaigne, por no mencionar Clarrette, Clarrett y Clart. Algunas inscripciones son tan extrañas que cuesta imaginar su significado: Voluaij probablemente fuera Volnay, pero ¿qué demonios era o eran los Bottoms (bajos)? Podrían ser las lías que quedan al fondo de los barriles de vino, pero, ¿quién necesitaría una etiqueta para esa cosa imbebible?

No te pierdas la segunda parte de esta historia de las etiquetas de vino en la que llegaremos a la aparición de las etiquetas de papel.

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